Para ti...
¡Qué larga se ha hecho la espera! Tantos años esperando ese momento… y ya pasó.
Hasta hace poco contábamos los días para que llegase nuestro Domingo de Ramos, ese con el que todos habíamos soñado durante mucho tiempo, del que han salido tantos momentos, en el que hay un padre vistiendo a una hija mientras ella le preguntaba si quedaba mucho tiempo para poder dar caramelos.
Imaginaos lo que podría sentir ese padre al vestir por vez primera a un hijo con una túnica que recordase su niñez, un momento para el que cuento los días.
Llegaban los cultos, quinarios, Via Crucis, besamanos… no podía ocultar mi felicidad. ¡Sabía que estaba siendo una cuaresma especial! La recompensa llegaría el Domingo de Palmas.
La función principal -acto que pude vivir como acólito-, protestación de Fe… momentos en los que no pude ocultar mis lágrimas, lágrimas de felicidad. Estábamos todos juntos… hermano, nunca olvidaré ese pellizco.
Los días pasaban, cada vez quedaba menos, Domingo de Pasión, jueves de retranqueo… Sábado de Pasión, la tarde-noche donde disfrutamos de los preparativos para nuestras Imágenes… todo estaba listo.
Al llegar a casa, entrar y ver ese pasillo por fin lleno de túnicas que tiñeron las paredes de azul, donde tantos sentimientos recordaba…
Entonces sí, entonces me di cuenta de que los sueños se hacían realidad: el Domingo de Ramos había llegado.
Amaneció como Ella quería, como ella estaba acostumbrada a ver cada Domingo de Ramos, cuando llegaba el momento de vestir a sus hijos del color del cielo, color que ella conoce mejor que nadie.
Este año no iba a ser menos, utilizó mis manos para vestir a sus hijos. Se le notaba nerviosa, porque mis manos temblaban… escuchaba su corazón latir. Ella estaba más que nunca conmigo.
El camino comenzó con emociones, el abrazo de un hijo a su padre como pidiendo su propia venia, las lágrimas de un niño que parecía vivir su primer Domingo de Ramos.
Pero las emociones no se quedaron ahí. El tiempo quiso poner su granito de incertidumbre para que el sueño se hiciera realidad. Y así fue. ¿Sabéis por qué, hermanos? La lluvia que nos hizo sufrir hasta el último momento eran lágrimas que caían desde el cielo, de los ojos de nuestra madre llena de felicidad al ver cumplido su sueño, sueño que era el nuestro, y que por eso se hizo realidad, porque así lo quiso ella.
A mi familia y, como no, a ti, madre.
Os quiero.
David Maroto Casasola